El contraconocimiento

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Revisando estos días pautas que suman y restan rigor científico al mundo de la investigación en comunicación y documentación, la noción del “contraconocimiento”, se deja caer como reflexión, en este viaje interminable del arte de la gestión cultural de la sociedad.

Una forma más sutil y delicada de catalogar a los charlatanes de toda la vida, a los radiopatios, mariquillas de toda la villa, troleros o fantasmones, como se les prefiera llamar, que toman el pulso a internet bajo el anonimato, los currículums inflados y pseudo-trabajos de investigación. Hoy más que nunca, cualquier tipo de información incompleta, sesgada, deformada o simplemente falsa, puede ser presentada en un tris en un medio, plataforma, blog sensacionalista o donde se tercie. Maquillado con leves pinceladas de referencias reales, distan mucho de la veracidad, al estar indocumentada objetivamente de hechos demostrables y relevantes. Lleva implícito la voluntad del rumor e incluso la psicomagia, en leyendas urbanas disponibles actualmente a un simple click de nuestros ojos, que cada vez precisan ver menos para creer, siempre y cuando lleve una pizca de morbo.

Conste que a nadie la amarga una dulce historia de terror infundado en la noche de Halloween, o que nos encante pensar que el pensamiento por sí sólo lo cura todo. Pero hay proteger la mente del oráculo que supone hoy en día Google o Wikipedia, ya que éstas no se responsabilizan de los contenidos depositados por sus autores. La regla número uno del periodismo está en seria amenaza, no hay tiempo ni para contrastar la información y como consecuencia de ello, no sólo a veces terminan colándose en las noticias de cadenas nacionales de televisión o tweets de reporteros “profesionales”; sino que el lector de a pie, más activo que nunca desde su arsenal de herramientas propias de comunicación on line, las toma como verdades absolutas y propagan en 0,1 segundos en la galaxia de internet.

Paradójico que, cuanto más acceso a la información se tiene, en vez de volverse más exquisito con su selección, más susceptible y crédulo se puede llegar a ser. Si bien es cierto que resulta muy difícil encontrar una aguja en un pajar de información, se tiene claro lo que es una cosa y otra. La información, al ser más etérea, precisa de un criterio más sutil pero poderoso: identificar y corroborar la fuente de la que proviene. Admitirla, refutarla o que simplemente se la cuelen, depende más de las ganas que tenga de contrastarla, el que la reciba o la busque.