Panza arriba con la vida

leon patas arriba

Foto: Todelar Radio

Cuando las cosas se ponen complicadas y por mucho que uno apriete los puños, los dientes y el cinturón, los problemas parecen seguir brotando como pequeños lirios salvajes a los pies de los pinos -solo que su aroma no es precisamente igual- llega un punto en el que sólo parece quedar una opción: parar y reírse, por no llorar.

Que si no se llega ni a mediados de mes, que si no se encuentra un empleo digno acorde con la preparación, que si las 24 horas del día no cunden nada, que si el ánimo está bajo a pesar de tener más conocidos en Facebook que aquel cantante que quería tener un millón de amigos, allá por los años 70… que un cándido bebé te bautice de papilla el traje recién sacado de la tintorería, el móvil se cae al váter y el coche se avería en mitad del trayecto camino de una reunión. Esos y otros muchos ejemplos pueden aflorar del cajón de las pequeñas pruebas que nos pone con sonrisa socarrona el destino, tan puñetero a veces.

Cuando uno, harto, mira al cielo sintiéndose como una pulga en mitad del universo, racheada por el vendaval y cegada como colofón, durante 3 días y 3 noches de asfixiantes partículas de barro en suspensión, por la calima de los vecinos de abajo, termina cediendo a las circunstancias. Agotado de buscar soluciones que no terminan de aparecer y luchar contra las zarpas de la mala racha, sin siquiera resiliencia ni resignación mediante, llega una especie de rendición inteligente, en la que uno se da la vuelta, deja de huir del nubarrón y se planta de cara a todas esas circunstancias que no paran de buscarnos las cosquillas. Panza al sol, en actitud de entrega al juego en el que, en el momento menos esperado, el azar caprichoso de los dados volverán a regalar un 6 doble que haga avanzar en volandas las casillas del tablero, que de momento se muestran vertiginosas y empinadas. Mientras tanto, tocará recibir patas arriba el siguiente ovillo de problemas, para jugar con él y darle vueltas mientras se explora dónde empieza y dónde acaba.

Puestos a jugar, imaginando que el miedo y la frustración toman cuerpo de león, vamos a lanzarle en primer lugar un hueso con el que se distraiga, aprovechemos entonces para aproximarnos sigilosamente a su pomposa melena, subamos a ella con valor y determinación, rasquémosle detrás de la oreja con ternura, mientras que con un cepillo le peinamos y hacemos trencitas de los problemas, moños opcionales. Seguro que el temido león termina igualmente, panza arriba “entregaíto” al cariño, que al final de cuentas es de lo que más necesitamos de la vida.

 

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 25 de febrero de 2017