No les pidas la luna, amor

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Ahí está impaciente, a la vuelta de la esquina, el gran día del amor, para los enamorados, los fogosos, los pasionales y otros tantos que disfrutan del simple hecho de celebrar, dándose un baño de banalidad -o no- comercial por unas horas. Porque aunque la lógica dicte que es una falacia, a casi cualquier corazón lo mínimamente templado, le gusta que le mimen, le digan que le quieren, que le pongan una prenda roja para comunicar al mundo que se encuentra bien lleno de amor para dar, además de recibirlo.

Dulce, afable y erótico-festivo, llega así de nuevo San Valentín, entre otras razones, para marcar el periodo en que se emparejan y aparean los pájaros en las zonas nórdicas. Interesante efecto que genera la combinación del frío y el presagio de la primavera, que se intuye y festeja entre las especies de sangre caliente, aunque ellas no consigan comprender, ni eso importe. Disfrutar con la persona amada, expresarse cuánto realmente se importan, y por un rato dejar los móviles a un lado para mirarse a los ojos. Los más románticos se querrán llevar mutuamente al fin del mundo, con pan y cebolla, al infinito y más allá, forever and never. Otros soñarán por unas horas nuevos oasis, horizontes idílicos hacia los que proyectarse: un día harán ese viaje, este verano se darán ese merecido descanso, el próximo año lo celebrarán en Venecia, el fin de semana que viene harán el amor… ¿Cuántos se prometerán una vez más la luna? Arrebatos caprichosos, retos a cumplir para empeñarse en demostrar el afecto de corazones inagotablemente entregados. Si el único satélite natural de la Tierra fuese un espacio comercial, estos días colgaría acongojado el cartel de «no hay entradas» ante tal abrumante demanda de reservas.

Sin alternativa al desaliento, los abogados del amor saben que pueden vivirlo y disfrutarlo cada día, sin necesidad de aspavientos por atraparlo el 14 de febrero. Porque las promesas, las puede borrar el viento de un simple soplido, pero los hechos, marcan al alma de por vida. Las mieles de la felicidad están reservadas para los valientes que saben decir te quiero y que por supuesto lo practican.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 11 de febrero de 2017