La Responsabilidad Cultural

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En nombre del desarrollo sostenible del planeta y su tripulación, de unos años a esta parte se ha incentivado la práctica de la responsabilidad en las acciones de las personas y sobre todos de las empresas, para disminuir carencias sociales, sanitarias, educativas y medioambientales, así como para dar muestra de civismo, empatía y cuidado del legado que se dejará a las siguientes generaciones.

Las razones, aunque se promulguen abiertamente altruistas, precisan navegar en mares sutiles con fondos económicos, políticos y/o intereses personales. Así, aunque intentemos no entrar a juzgar sobre la bondad o malicia, practicidad e incluso diplomacia, cuesta quitarse algunos prejuicios cuando saltan escándalos de sujetos particulares que manchan el nombre de una causa y rompen los sueños de muchos donantes y voluntarios que daban lo que podían sin pedir prácticamente nada a cambio, salvo el respeto de su aportación, un mínimo de gratitud y por supuesto la destinación de la ayuda al objeto de la necesidad.

Además del retorno de este tipo de actividad generosa en el bienestar personal tanto del colaborador como del destinatario, para las entidades corporativas implica una diferenciación muy interesante y digna, frente a la saturación de estímulos publicitarios, con lo que el «marketing social» consigue matar dos pájaros de un tiro: envolver de ética y valores la marca y las personas que la representan, y recordar con sutileza qué bueno es el producto o servicio del cooperante. Ahora bien, con la nueva era de la información e internet de por medio, mejor ser coherente y consecuente, ya que las mentiras tienen las patitas más cortas que nunca, y si no, que se lo pregunten al ex presidente de una famosa marca de coches que hizo trampas, como los malotes del cole, solo que en un patio de recreo a nivel mundial y con emisores de motores de por medio. Incluso con tantos millones de indemnización y dimisiones, les salió rentable la broma.

Pero más allá de la responsabilidad social pura y dura, la tormenta no cesa, y se avecina una incipiente nueva necesidad a la que los estados dicen no poder hacer frente ni responsabilizarse como antes: preservar otros intereses «comunes» como son los monumentos, edificios históricos, legados artísticos y museos, todos ellos referentes básicos de la idiosincrasia de un lugar y su gente.

Para conseguir una sociedad empática y respetuosa con la flora, fauna y sus semejantes, hay que invertir en el desarrollo de las personas, el conocimiento y por supuesto la educación. La responsabilidad cultural se presenta como una cuestión al menos igual de urgente que la social. Papel y lápiz a ver qué se cuenta.

 

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 14 de enero de 2017