La comunicación productiva

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Tanto en los aspectos más cotidianos de la vida como en el mundo de los negocios, existen muchas diferencias y matices que oscilan entre la sensación de predicar en el desierto y la de gestionar con acierto y brío una conversación, ya sea con un cliente, un colega de trabajo, amigo o conocido.

Hablamos del don de la comunicación, capacidad no sólo disponible para los seres humanos sino también para el resto de la flora y fauna, aunque para estos sea más limitada (al menos en teoría). Así, resulta curioso que, mientras algunas personas se perciben más guapas cuando están calladas, otras, no tan agraciadas a simple vista, embellecen considerablemente cuando dan paso a la exposición pragmática de sus valores, experiencias vitales, su encanto personal y otros atractivos sutiles e intangibles que, ni las fotos ni mucho menos las redes sociales son capaces de transmitir entre líneas. Pero incluso para aquellos que les cueste hablar, existen herramientas muy útiles para que su tímida presencia puede significarse y valorarse positivamente. Se trata de la escucha empática, esa gran virtud, más importante aún que el don que otorga la palabra.

 Como otras tantas cosas que precisan de un hábito, cuando se dedica un tiempo de trabajo a cuidar los diferentes componentes básicos de las relaciones interpersonales con un mínimo de previsión y esmero, los resultados se convierten en pura productividad, que nutre tanto al emisor como al receptor, a causa de la satisfacción percibida por ambos, el entendimiento, la conexión y la afinidad sobre el tema clave tratado, además de otros intereses secundarios comunes que igualmente suman y aportan. Así, el diálogo natural, sincero y coherente, teniendo presente las preferencias y connotaciones socioculturales del interlocutor valen mil veces más que cualquier argumento de venta metido con calzador. Las pausas, el respeto, la gestión del espacio, el contacto visual -sin pasarse-, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, la serenidad y la motivación, son algunos de los factores más valorados para comunicarse con éxito y conseguir el objetivo: conectar, proporcionar información, generar un impacto, un avance, un crecimiento, enriquecimiento y/o confianza entre las partes involucradas.

Emoción, sentimiento, pensamiento, conocimiento, actitud y personalidad, hacen que las interacciones entre las personas pueden estar llenas de coherencia y sentido (o todo lo contrario). Más allá de su valor estratégico y diferencial, la comunicación -verbal y no verbal- pueden convertir y transformar situaciones, mentes e incluso vidas. Invertir en este tipo de activos es una de las apuestas más rentables y gratificantes que una persona pueda encontrar en la vida.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 3 de Diciembre de 2016