El árbol del vecino

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Compararse con las personas que se tiene alrededor es bastante habitual, para qué engañarse, resultando unas veces el saldo positivo a favor, pero otras tantas en contra, en función de con quién se mida uno.

Tradicionalmente, esta actitud de tanteo con el de enfrente, se encuentra en mayor proporción en países latinos, tanto en la franja del Mediterráneo como al otro lado del Atlántico, desembocando en un refrán compartido en diferentes idiomas: «la hierba del vecino es siempre más verde». Conste que, en otros países de corte más anglosajón, como es el caso de Estados Unidos o Inglaterra, no es que no exista la misma tendencia, sino que, por fortuna para ellos, su seguridad y amor propio se encuentran más estables y más relajados, dando pie de manera inconsciente a percibir que su césped por supuesto que es más lustroso que el del prójimo.

Así, mientras unos paisanos, satisfechos y colmados de ego, dejan de lado el desgaste de energía en sentimientos que no les llevan a ningún lado y se centran automáticamente en el acto de adornar sus vidas como les apetece, otros casi se amargan la existencia con un peligroso juego, que puede terminar en un cómico «quiero y no puedo». Como en el dilema del vaso de agua a la mitad, siguiendo este criterio, el mundo se podría catalogar en dos grupos: aquellos que miden sus pertenencias con las de los demás y los que han aprendido a no recrearse con referencias externas, porque han encontrado ese punto de equilibrio consciente y sabedor de que siempre se puede mejorar, sin menospreciar hasta dónde se ha conseguido llegar.

Elegante, natural, esmirriado y/o plastificado, dejando la competición peliculera a un lado, el árbol de Navidad se hace hueco estos días en millones de hogares. Cuidado porque, ya sea el más bello o el más alicaído, existe un alto riesgo de que termine igualmente haciendo de las suyas. Su presencia reduce las rencillas, es altamente contagioso, estimula el espíritu de celebración, atrae sigilosamente a amigos, familiares y vecinos para reunirlos en torno a la mesa, y puede incluso tener la capacidad de traer al presente seres queridos que nunca se olvidan. El que pone un árbol en su casa, ya sabe a lo se arriesga, hay que estar preparado para abrir la puerta a lo que venga, sin miramientos y a corazón abierto.

Rocío Torres. Publicado en el periódico La Opinión de Málaga, sábado 10 de Diciembre de 2016