Egos Prêt-á-porter

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De nuevo Oriente y Occidente convergen en puntos de vista muy similares cuando se trata de valores, filosofías y consejos para atravesar el camino de la vida, a modo de legados plasmados en escrituras y otros soportes de comunicación intergeneracional, como los proverbios, refranes y leyendas que advierten al hombre de la importancia de conservar una verdadera modestia.

Desde que el ser humano decidió protegerse del frío y tapar sus partes pudorosas -o complejos- esta necesidad básica se ha ido transformando, pasando a cubrir otras cuestiones menos vitales y más sociales como el sentimiento de pertenencia al grupo, dando pie a la moda como principal soporte de simbología de status. Así, los códigos de vestimenta ayudan a establecer rápido coordenadas de referencia al receptor, que son emitidas normalmente a voluntad por el emisor que se ha acicalado expresamente para generar un impacto en el exterior premeditado, o justo lo contrario, pasar lo más desapercibido posible porque así le conviene.

Pero los accesorios no aseguran el posicionamiento deseado, cuando se carece del saber estar y más allá aún, de la naturaleza real de la motivación interior del modelo.  De esta manera, el hábito no garantiza hacer del monje un santo ejemplar, y casi siempre, la mona se queda como tal, aunque se vista de seda la pobre, a no ser que pase por el taller a conciencia. Sólo es cuestión de darle un poco de tiempo para que, tras el flash inicial, emerja la verdadera esencia de la persona o se quede ahogada entre tanto trapo y maqueo. Aprovechándose de esta debilidad humana tendente al narcisismo, cuentan las referencias históricas que los españoles recolectaron con astucia numerosos tesoros, ofreciendo a indios espejos a cambio de oro, y cuyo trueque aceptaban encantados, los egos embriagados de coloridos penachos.

Conste que, correctamente administrado y en su justa medida, el acto del cuidado es altamente necesario tanto para uno mismo como para los demás, implicando ser curioso y atento mediante gestos esenciales como asearse, abrigarse y honrar el templo físico que se dispone. Además de nutrir a una autoestima saludable, indica una señal de respeto a los demás.  «Que le soin de charmer, soit votre unique affaire. Songez que l´art dáimer n´est que celui de plaire» recomendaba Rousseau para mantener a tono el músculo del arte de amar, viniendo a decir traducido que, el encanto reside en la práctica del detalle, ese elemento de seducción que marca la diferencia, proporciona placer e indica que se es feliz. Un atractivo natural e irresistible que se comparte, incluso sin pretenderlo.

 

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 17 de diciembre de 2016