SENSACIÓN DE CONTROL

El locus de control es uno de los conceptos clave de la psicología clásica, que revela con una claridad apabullante los procesos mentales que afectan al comportamiento del ser humano a la hora de atribuir o eliminar el grado de responsabilidad de sus acciones.  Desde pequeños vamos acumulando experiencias aprendiendo de nuestro entorno – cual tiernas y dóciles esporas- formas de afrontar situaciones, en muchas ocasiones heredadas en nuestras familias por puro hábito repetitivo inconsciente. Así, se van construyendo modelos de percibir la vida y especialmente de identificar las causas de los acontecimientos que nos van sucediendo constantemente, en base a cuatro parámetros: externo, interno, estable e inestable.
Cuando sentimos que las cosas que nos ocurren en primera persona vienen marcadas por el entorno, la sociedad, los políticos, la mala suerte, lo mal repartido que está el mundo o lo injusta que es la vida, estamos encasillando y otorgando a factores externos a nosotros mismos, la explicación o mejor dicho la justificación de nuestro destino, entendido como impredecible, ingobernable y caprichoso. Ante esta manera de percibir la realidad, es normal que se termine cayendo en la dejadez, desmotivación y cierta poza quejicosa, al dejar el timón de nuestras capacidades y talentos en manos de fantasmas que parecen acechar en todas las esquinas. Por el contrario, la sensación de control interna se produce cada vez que se toman decisiones desde la libertad, con responsabilidad, sin coacción y valorando sus posibles efectos. Con una mente clara y despejada, que discierne entre las posibles elecciones y apuesta con entereza por una en concreto, tras haber valorado con agilidad el coste de la oportunidad descartada y los beneficios de la opción ganadora. Así, un estudiante elige estudiar una carrera profesional porque le «llama» especialmente, aun sabiendo que habrá asignaturas intensas como huesos con las que tendrá que lidiar por el camino, pero que una vez sorteadas con esfuerzo y tesón, serán motivo extra de celebración por la consecución de tan importante logro.
En el otro eje, nos encontramos con el binomio «estabilidad-inestabilidad», que puede ser por un lado generalista, prejuicioso y negativo al percibir que «nunca me salen las cosas bien», o positivo y algo quijotesco, al sentir exultante que «cuando me pongo, no hay quien me gane». Del otro extremo, la volatilidad personificada en el azar, potra, chorra o como se quiera llamarle. Así hay personas que atribuyen a otros la buena suerte en vez de apreciar su trabajo y perseverancia, mientras que otros culpan al mundo de sus problemas.
Esté o no escrito el destino, siempre que sea nuestro deseo, podemos elegir el cristal de nuestras gafas para paliar nuestra miopía o vista cansada, y recuperar la sensación de control de nuestra vida.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 1 de octubre de 2016