LA PSICOMAGIA

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Curioso que aun teniendo raíces primitivas siga siendo un tema de actualidad o justo por eso, porque el lado más arcaico de nuestro cerebro demande instintivamente este tipo de señales, en las que necesita tener fe para subsistir.

De pequeños creemos en todo, nos cuelan con cariño tiernas leyendas, como el ratoncito Pérez, los Reyes Magos, el hombre del saco o Spiderman, por dar algunos ejemplos. Luego, tras el proceso de la negación inconsciente -esto es que, aun sabiendo racionalmente que no sean reales- elegimos seguir pensando que existen, simplemente porque la vida es más amable y llevadera con su icónica presencia. Tras la cada vez más larga, turbulencia adolescente -a algunos les dura actualmente hasta pasada la treintena- en la que se pierde la fe en muchas cosas, se cuestiona todo y se duda rebeldemente del sistema; se llega a la madurez, momento en el cual se empieza a añorar al niño interior -que no niñato- y se precisa creer de alguna manera de nuevo en que más allá del túnel de los problemas cotidianos nos espera un jardín encantado mucho más verde y paradisíaco.

Desde la medalla más religiosa hasta la piedra más poderosa, pasando por plantas, pulseras, esencias, y otros muchos tangibles, se pretende apelar a la suerte y a la protección atribuyendo a curiosos objetos poderes mágicos, cual lectores de mentes y cumplidores de deseos. Curioso que incluso los deportistas de élite echan mano de rituales psicomágicos milimetradamente estudiados como el famoso toque trasero de calzoncillo, vueltas a la raqueta y secado de sudor. La cuestión es que, en primer lugar, efectivamente hace un efecto placebo positivo que nos ayuda a crecernos en la adversidad y confiar tanto en el ceremonial como en la materia en la que depositamos nuestra esperanza de logro. Por otro lado, no somos nadie para cuestionar las corrientes sagradas de la religión en la que se tenga devoción u otros misterios del universo.

Todo puede resultar de ayuda siempre y cuando no se pierda de vista el foco de la cuestión, es decir, que ni un baile con un cactus en el desierto cura el cáncer cuando ya no tiene remedio, ni una vela amarilla libra de la declaración de hacienda, como mucho alivia el nivel de estrés. Pero la vida, se presenta más soportable y/o agradable, cuando sentimos que las señales están de nuestra parte, a nuestro favor.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 29 de octubre de 2016