EQUIVOCARSE

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En el listado de situaciones difíciles de la vida, un tema del repertorio es transversal y cotidiano para todos, aunque eso sí, no siempre estemos dispuestos a reconocerlo: gestionar el hecho de equivocarse, con dignidad pero con humildad.

Para qué nos vamos a engañar, al ego le da cierto coraje, en primer lugar, darse cuenta de que no lleva la razón, en segundo lugar -peor todavía- que se lo haga saber alguien y en tercer lugar, admitirlo tanto interiormente como públicamente, como ese majestuoso «perdón, me he equivocado, no volverá a ocurrir». Sea o no sea sincera la disculpa, ya implica un intenso trabajo previo de enfado, decepción y dureza con uno mismo, seguido de una digestión que desemboque en el desapacible reconocimiento y propósito de enmienda.

La sensación de control, de que se puede hacer todo, llegar a todo, ser perfecto y quedar estupendamente con todo el mundo, es una ardua y agotadora tarea que, tarde o temprano desemboca en un estado de embriaguez mental en el que es fácil cometer, al menos, alguna imperfección, error, tontería o como queramos llamarlo. Desde este enfoque, equivocarse resulta hasta sano, porque actúa de freno en el camino de convertirnos en auténticas máquinas productivas, racionales, algo impasibles y alejadas de la bella vulnerabilidad de nuestro ser. El encanto reside en la imperfección, ya que lo excesivamente ordenado, y previsible termina aburriendo hasta al alma. Eso no justifica al caótico, pero si ablanda las expectativas del extremadamente autoexigente consigo mismo y lo re-humaniza. Incluso le convierte en una persona más atractiva, al transmitir deportividad y autoaceptación.

Conste que, salvo que se sea un psicópata en potencia, en términos generales tomamos decisiones y actuamos en base a la opción que elegimos como la mejor, dentro de nuestro repertorio disponible en ese momento, con la información y la experiencia acumulada hasta entonces. Si incluso así, con todas esas bazas a nuestra disposición, resulta que nos equivocamos, no se trata tanto de falta de intención como de desconocimiento o fallo de cálculo. Pero cuidado, porque cuando el error ha sido cometido con alevosía, sabiendo el daño que se está causando, ya no estamos hablando de equivocación, sino de engaño.

En todo caso, para poder seguir verdaderamente adelante, el perdón se presenta como la salida más saludable y rentable tanto a corto, medio y largo plazo, ahorrando en rencor. La clave está en que se haga realmente de corazón.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 22 de octubre de 2016