INNOVARSE O MORIR

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Dicen los filósofos atemporales que cada día morimos un poco, pero a la par y para nuestra alegría, también tenemos la posibilidad de renacer en la misma jornada, de manera casi imperceptible, pero que apreciamos con claridad cuando nos encontramos con aquella foto o ese amigo, que nos invita a hacer balance del paso del tiempo.

Sacarle partido a la vida y a los años, es una tarea muy ardua y trabajosa, teniendo en cuenta que la ley de la gravedad está siempre al acecho. Por ello, para muchos resulta más sencillo abandonarse a la erosión paulatina y silenciosa, aceptando el deterioro natural tanto físico como cognitivo de nuestra persona. En el otro extremo, nos encontramos con narcisistas, vigoréxicos, workaholics y otros grupos obsesionados por su apariencia física y/o profesional, y para los que, ningún esfuerzo es suficiente para alcanzar la perfección, ya que su ego -débil y asustado en el fondo- siempre necesita más para sentirse bien y a gusto consigo mismo.

En el medio -como siempre- reside lánguida y paciente, la virtud, esperando a que nuestra conciencia se dé cuenta de que a mitad de la cuerda del funámbulo, existe un punto en el que podemos negociar con nosotros mismos para cuidarnos y sacarnos partido, con cariño, aceptación, autoestima y confianza. Muchas veces, descubrimos tarde que -esta actitud de respeto y aprovechamiento, tanto de nuestro cuerpo y nuestra mente, como de nuestro entorno físico y relacional- es más volátil de lo que pensamos. De esta manera se originan las crisis, cuando los modelos dejan de funcionar, porque se han quedado dormidos u obsoletos por el camino. Tras la fase de negación, no queda otra que apretarse el cinturón y los puños y entregarse al mantra asiático que define la situación como un peligro que abre la puerta a nuevas oportunidades. Así, nos ponemos a buscar ocasiones por aquí y por allá, en diversos contextos y en nosotros mismos si somos lo suficientemente valientes, hasta que aparece el oráculo de la innovación como la panacea a todos los males: para generar cambios, hay que introducir novedades en los procesos y en el modo de ver las cosas.

Pero cuidado, la innovación no debe asumirse como una moda al antojo para seguir teniendo contento temporalmente al personal, sino como una palanca para el desarrollo sostenible, sincero y responsable. Una cultura innovadora, tanto vital, geográfica y empresarial es buena, siempre y cuando los cambios que promueva sean viables, realistas, aplicables y rentables para todos, en esfuerzos físicos, económicos y emocionales.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 17 de septiembre de 2016