LOS CALDITOS DE FINA

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Hay días en los que inesperadamente aparecen nubes que no han sido invitadas y que ensombrecen todo a su paso impidiéndonos ver la luz del sol, de la misma manera que hay despedidas imprevistas de seres queridos que se marchan sutilmente sin avisar, aunque a «toro pasado» te des cuenta que en las horas cercanas al acontecimiento, la jornada se mostraba especialmente entrañable, envolviendo con tonos dorados los instantes, ralentizados casi como en fotogramas.

Cuando el cielo se encapota, no nos queda otra que asumir que no podemos hacer nada, tan sólo esperar y entender que la naturaleza manda con sabiduría, compasión y generosidad, pues, aunque en ese momento lo veamos todo teñido de gris, llegará el tiempo en el que por fin el sol vuelva a brillar de nuevo, regalándonos cálidos rayos que arropen amablemente nuestra espalda, devolviéndonos la fe en el curso de la vida, en la que todo, a fin de cuentas, parece pasar siempre por una razón. Mientras tanto, la resignación es uno de los primeros pasos que se precisan dar para atravesar el desierto hacia la aceptación y el perdón, y en el que, si somos bien queridos y afortunados, encontraremos una mano amiga que nos ofrezca un caldito caliente con pollo, hierbabuena y otros sabrosos toques culinarios populares aderezados con generosas raciones de cariño, comprensión y esperanza, que conseguirán sutilmente en un instante, calentarte hasta la punta de los pies y reconfortar al desconsuelo.

Los dichos populares nos recuerdan que las penas con pan son menos, pero si además van acompañadas por una buena sopa que consiga templar al alma, la gratitud se multiplica y el vacío se llena de afecto. Sin embargo, cuando se marchan personas como Fina, unas de esas raras avis capaces de arrancarte una sonrisa y abrigarte el corazón en los momentos más difíciles con un sencillo termo, sólo nos quedan fuerzas para dar un «gracias» enorme como una catedral y dirigirnos a nuestra cocina para intentar, esta vez con nuestros propios medios, replicar su receta y su sustancia, buscando una respuesta que consiga consolarnos. ¿Qué es lo que tenían esas manos mágicas que valían más que mil palabras de condolencias? Seguramente una pura combinación de conocimiento, paciencia, creatividad, sensibilidad y mucho amor.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, sábado 20 de agosto de 2016