EL RETADOR DE OLAS

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La luz que emana de su cuerpo supera en escala al sol más intenso de agosto, y la valía de su infante corazón centellea con más brío que el lomo plateado del orgulloso boquerón victoriano de la costa malacitana. Ahí, casi imperceptible para los transeúntes anónimos de la orilla, se mueve con libertad, expectativa, miedo y atrevimiento, sin ser consciente del cinturón de seguridad invisible que le abrocha la mirada vigía de los que bien le quieren.

Armado de coraje y curiosidad, se atreve a acercarse a la ola que acaricia el borde del agua y da paso la extensión de arena en superficie, atraído por el hipnótico batido de sal que crea la espuma del rompiente. Aprieta los puños y clava con decisión sus tobillos en la arena mojada, dando una clase magistral de manejo de anclas para buques, en la escuela naval de su imaginación. Encoge su tronco y aprieta los dientes mientras espera con bravura que la corriente y la temperatura dejen de ser un obstáculo, hasta que consigue por fin, un remanso de paz que despeja su mente y le brinda paso al meticuloso estudio del misterio que tanto le intriga: la marea muestra vida propia, respira, inhala y exhala, como su madre, como su propia barriguilla, que ajusta y acompasa su ritmo al compás de la orquesta perpetrada por el enigmático mar.

Como la más bella y fresca pintura de Sorolla que nuestra mente alcance a recordar, estas obras de arte vivo se encuentra en nuestras playas estos días, con paisajes que sólo el más ávido pintor conseguirá captar y reflejar a través de sus pinceles, y con perfectas esculturas diseñadas por la naturaleza en movimiento, sin una edad concreta pero con un factor común: la turbina trifásica de la curiosidad, la osadía y el descubrimiento.

La majestuosidad y el heroísmo del retador de olas no puede ni debe medirse por escalas al uso, como el metro o el grado centígrado, sino por otros indicadores más sutiles e imperceptibles para el mundo empírico, como son la intensidad lumínica de la mirada, el resplandor del alma, la radiación de una sonrisa y la confianza ciega en su paso, no importa lo grande que sea, sino simplemente darlo.   

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, Sábado 6 de agosto de 2016