LA DESPERSONALIZACIÓN O FENÓMENO DE MASAS

 

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Los episodios de la historia sucedidos en ecosistemas de cierto volumen de personas, como el que se suele condensar en un estadio de futbol, o en grupos de menor tamaño, como los 20 que conforman la mínima expresión de una manifestación oficial, han ejercido su poder social alterando el orden público gracias al denominado “fenómeno de masas”.

Este acto primitivo, existente desde el principio de los tiempos, consiste en el proceso mediante el cual un individuo deja a un lado por un periodo de tiempo transitorio su identidad, para sumarse a un grupo de personas movilizadas por un fin concreto. Un ejemplo claro de actualidad sería la Eurocopa, en la que se fusiona un gazpacho único de señores -y en menor medida, señoras- de diferente procedencia geográfica, diferentes situaciones vitales, capacidades económicas y educativas, que pierden ipso facto sus diferencias y se abrazan emocionados ante un gol. Nunca en la historia, la Iglesia ha conseguido arrancar tal efusividad sincera de cariño humano sobrenatural, en una misa dominical.

Ningún otro proceso psicosocial genera tal efecto y de forma tan inmediata, a partir de un grupo que consigue persuadir con el mínimo esfuerzo al prójimo para que se suelte, cante, coree, baile, grite e incluso insulte a destajo a otros identificados como el frente contrario. Y es así, que personas que en otros entornos no tendrían relación alguna, se hacen más amigos que burros sin conocerse -porque les une súbitamente un enemigo común al que hacer frente- y viceversa, gente que se apreciaba mutuamente, se ven obligados a odiarse y/o evitarse, porque está mal visto en su rebaño que se relacionen por llevar una etiqueta de signo contrario.

Las guerras, los mítines, los eventos deportivos son caldo de cultivo, pero también otros microentornos como el trabajo y la escuela pueden anidar estos hábitos caducos; y si se mezclan con bebidas de graduación y/o líderes de medio pelo, dispara la valentía y bravura temporal, fomentando el discurso competitivo tipo “nosotros somos los mejores”. 

Es sano desquitarse y desmelenarse de vez en cuando para quitarle hierro al lado serio de la vida, pero una cosa es la diversión y otra cosa es el fanatismo y el descontrol. Mejor desfogarse con cosas que no hagan daño ni a los demás ni a nosotros mismos, y para eso hay que tener bien trabajada la personalidad, ya que sólo así conseguiremos no perderla por el camino ante la primera algarabía que se nos cruce a la vuelta de la esquina.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, Sábado 2 de julio de 2016