JUGANDO A LA RESOLUCIÓN DE PROBLEMAS

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Hay veces en la vida en las que nos quedamos literalmente sin pilas, agotaditos de bregar con los días y la inacabable lista de problemas, en un camino sin fin de temas que resolver, deberes que cumplir, tareas a las que no llegamos como quisiéramos, mientras que el cajón de «pendientes», parece no dejar de crecer.

Es humano intentar mirar al otro lado, salir corriendo y postergar -el muchas veces inevitable- ponerse manos a la obra. Nos da pereza, no nos apetece, no tenemos energía y/o motivación suficiente para remangarnos y meternos en faena; lo que se dice coloquialmente, un auténtico «peñazo», cuando no suplicio. Y aunque un buen intento estratégico es centrarse en adelantar la alegría que nos dará cuando consigamos acometer nuestro objetivo, en la satisfacción y utilidad del asunto, la autosuperación de demostrarnos a nosotros mismos que sí que podemos hacer lo que nos proponemos… Nada, incluso así, nos hacemos un daño innecesario en esa lucha mental con la desidia y la extenuación previa a su verdadera lidia torera.

 Se trata de un fenómeno neurológico trasversal para todos, que sucede a nivel cerebral: ante una tarea impuesta tipo «tengo que», digamos que a la actividad neuronal no le apetece levantarse del sofá – véase aquí el paralelismo literal de la situación- e intenta escurrir el bulto mediante la distracción con cualquier entretenimiento, que no compete justo en ese preciso momento. Es decir, la típica estampa de estar con la mente en otro sitio, como cuando se está pensando en temas de trabajo en el tiempo libre, y estar pensando en el tiempo libre mientras que se está en el trabajo. La buena noticia es que también está científicamente probado que cuando nos ponemos a realizar el cometido en cuestión que tanto se nos resiste, pasados unos minutos, se convierte en una actividad mucho menos incordiosa de lo previsto, e incluso a veces, sorprendentemente placentera. Esto sucede cuando le damos al cerebro el tiempo suficiente para que pueda centrarse tranquilo en la maniobra, poniendo en funcionamiento el área donde se almacena toda la información relacionada con el menester que estamos llevando a cabo y que, al corresponderse con la real ejecución de la misma, las conexiones neuronales se retroalimentan y fortalecen. Así, felices de sentirse útiles y hábiles, éstas demandan paradójicamente más, tal y como sucede en los videojuegos, cuando se va subiendo el nivel de dificultad gradualmente, para satisfacer la búsqueda del placer de la auto-superación.

Conocer el funcionamiento del diálogo cuerpo-mente y su incidencia en las emociones, nos da muchas pistas sobre las reglas del juego de la vida, concretamente en nuestra capacidad de resolver los problemas cotidianos – uno a uno y por orden de prioridad – al facilitarnos su visión en tranquila perspectiva, y enmarcarlos en un paisaje que puede ser agradable, realizable, ameno e incluso divertido, si así lo deseamos.

 

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, Sábado 28 de mayo de 2016