EL ENCHUFE

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Una de las mayores lacras de finales de siglo y principios del presente, es el fenómeno socioeconómico del enchufismo, y a causa de las sensibilidades que suscita, procedemos a dedicarle nuestra reflexión de hoy con el objetivo de encontrar alivio terapéutico alguno, al estilo «mal de muchos, consuelo de tontos», mientras que los órganos oportunos siguen indagando con laxitud, si existe una vacuna que consiga mantener a raya dicha corruptela política y social, y devuelva la esperanza a la auténtica meritocracia.

La personificación de dicho movimiento se materializa en un espécimen que comenzó a popularizarse de manera visible y masiva allá por los 80, y que encontró miles de recovecos donde camuflarse en los almohadones de la prosperidad, el derecho al bienestar y las películas de corte mafioso como la saga de “El Padrino”, “Scarface” -Caracortada en español- o “Wall Street”, entre otros grandes y dudosos ejemplos paradisíacos del tráfico de influencias, sicarios y “hombres de honor”.

El problema viene cuando los aspirantes al status profesional y económico carecen de preparación, carisma y talento que les dignifique. Porque ya puestos, hagan lo que hagan, por lo menos que sean los mejores de su categoría: el más sinvergüenza, el más ladrón, el más sanguinario, el más ávido, el más temido o el más manipulador, por dar algunos ejemplos. Sin embargo, el enchufado de a pie, se recubre de una capa viscosa, turbia, tibia, gris e insulsa, como resultado de su naturaleza y estrategia personal, y porque su perfil de “contratado por amiguismo” así lo requiere y potencia. Es decir, es tan mediocre y cobarde que se viste de suavón -malagueñismo usado para catalogar a una persona que no tiene vergüenza y hace de su capa un sayo- para limpiar su conciencia por haberse colado en el sistema, diluir su ineptitud y lucrarse de los sacrificios profesionales y económicos de los demás. Bajo el yugo de la ley de la omertá, es tan desgraciado en su autodesarrollo personal, que cree haber sido bautizado por la varita mágica empresarial del que todo lo puede, y embriagado por el síndrome del elegido, piensa que si se mantiene silencioso sin respirar permanecerá intocable.

En los últimos años, la crisis ha obligado al saneamiento de las entidades públicas y privadas, pero muchas de estas han sucumbido a la tentación recortando en calidad de productos y servicios, extenuando o prescindiendo de gente valiosa -pero sin vatios a los que aferrarse- por lo cual, el cáncer no está erradicado. Si la empresa de nuestro país quiere seguir siendo productiva y rentable, debe liberarse del coste económico y cultural que supone esconder a los enchufados en sus filas. Si no, que se queden solos hasta que fallezcan de improductividad. Por nuestra salud mental, mejor confiar en que el antídoto y la cordura terminen ganando la partida.

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, Sábado 7 de mayo de 2016