BAILEMOS UN LENTO

dancing in the rain

De un tiempo a esta parte, se está poniendo en valor algo que curiosamente era de lo más habitual en nuestras vidas, pero que la espiral frenética del consumismo fue canibalizando: hablamos de la revalorización o «revival» del placer de disfrutar de la vida sin prisas.

Tras los años de locura de compras compulsivas, centros comerciales y dinero de plástico cedido por los bancos, pasamos al doble salto mortal con pirueta en nuestros hábitos, y nos zambullimos en la era del «turboconsumo», en la que por añadidura podemos adquirir productos y servicios a golpe de un simple click; sin advertirnos de que,  como la banda ancha ande un poco lenta o despistada, nuestro corazón se acelerará, dominado por la impaciencia de nuestro cerebro cegado, cual yonqui esperando su recompensa momentánea que le haga sentirse bien y alivie su necesidad.

Llegados a este punto, no nos extraña que el negocio del sentido común surja ahora como un nuevo nicho de mercado: cursos, seminarios y libros para entrenar la atención consciente o «mindfullness» para los dispersos y estresados crónicos, el «slow food» para los nostálgicos que necesitan deconstruir el «fastfood» que la industria alimentaria cimentó a golpe de latas, bolsas y  microondas; o la «comunicación slow» para los que echan en falta los beneficios de una buena conversación sin reloj ni móvil de por medio,  con sus dosis de contacto visual para disfrutar de la interacción más esencial, humana y sincera.

Ya lo reclamaba hace unos años un oscarizado director de cine español abrumado entre tanta expresión, pantalla táctil mediante: “prefiero una caricia a un wasap”. Y es que hemos pasado de las normas del dulce cortejo para bailar un lento en buena compañía, al precepto de “arrimarse al pantalón y darle”.

¿Dónde quedó el disfrute de la espera?, ¿qué ocurre si por unos instantes dejamos de actuar con un fin? Hacer cosas sin sentido, aparentemente inútiles, permite oxigenar la mente y aligera el peso de la obligación autoimpuesta, permite escuchar y sintonizar con nuestra esencia.  Por ello, y en memoria a aquellos lentos, que tan especiales nos hicieron sentir en fiestas populares y/o particulares, ahí va el reto de hoy: estemos solos o acompañados en estos momentos, ¿qué pasa si dejamos todo por unos minutos, ponemos una canción y bailamos? Lo mismo nuestras células se estremecen y nos recuerdan agradecidas, la fortuna de estar y sentirse vivas.

 

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, Sábado 14 de mayo de 2016