SE VENDE FELICIDAD

felicidad

Es una de las palabras más citadas actualmente en los discursos de venta publicitarios, culturas empresariales, libros de psicología y autodesarrollo, promesas de emprendimiento y otros formatos de comunicación de corte próspero socioeconómico.

La felicidad vende, y mucho, lleva ya unas cuantas temporadas de moda y es un valor clave para conectar con la mayoría de los estratos sociales, aunque entendemos y respetamos a los pesimistas que la miran por encima, con sorna.

El sistema capitalista lo sabe de sobra, gracias a la maestría del neuromarketing: la promesa de compra que nos hicieron en los anuncios de antaño, tipo “úsame y serás irresistible”, “si me incluyes en tu vida tendrás éxito” “ya no sufrirás y estarás en forma si me consumes” no se han correspondido en numerosas ocasiones con la realidad, ya que una vez pasado el efecto novedoso y efervescente de la adquisición del producto o servicio, nos habituamos y dejamos de celebrar sus poderes y beneficios.

Dependiendo de la sensación percibida de la inversión realizada, nos plantearemos en mayor o menor grado la sutil sospecha de haber tirado nuestro dinero y nuestro tiempo, al ver que el juramento subliminal evocado de cubrir necesidades y deseos como la belleza, el autodesarrollo, la autoestima, la exclusividad y cómo no la felicidad, se disipan con el breve paso del tiempo, cual neblina de la ducha mañanera.

Pero como buenos seres humano-consumistas, tenemos todas las papeletas de volver a tropezar de nuevo con la misma piedra, que se nos presentará con nuevos colores, nuevos formatos, nuevas promesas y placeres. Un ejemplo claro y extremo del asunto sería una entidad financiera al uso, que pasa de tentarnos con ensoñaciones cortoplacistas de riqueza, a susurrarnos al oído que nos quieren, que velan por nuestra felicidad, que creen en nuestros proyectos y nuestro desarrollo vital, por supuesto con la máxima atención personalizada al teléfono o mediante su página web, con una preciosa lluvia de imágenes y canciones tiernas de fondo que terminan ablandando -cual sutil martirio chino, gota a gota-  al más feroz de los lobos de Wall Street.

Queridas compañías productoras de bebidas, cosméticos, ropa, perfumes, transportes, comercios digitales, causas humanitarias, bonos del tesoro – aunque hace tiempo que no asoman tanto- y un sinfín de productos y servicios que se matan vivos por establecerse como líderes de su categoría y sector en nuestro cerebro, y osan además hacerse un hueco en nuestros corazones: por favor, no frivolicen con la felicidad, no arrasen con uno de tantos valores humanos que no deben transferirse como atributo a un objeto inanimado.

La felicidad no se compra ni se vende, se cultiva y se desarrolla. Es alcanzable siempre y cuando se comprenda que conforma un rasgo más de nuestro carácter, como la puntualidad o la empatía, encuentra su punto óptimo de madurez con la resiliencia, y se muestra libremente cuando menos la sofocamos y más oxígeno le damos.