PIGMALION

samotracia

Cuenta la leyenda de la mitología griega que Pigmalión, de profesión escultor, cayó rendido a los pies de Galatea, quien desafortunadamente no tenía vida propia, pues se trataba de una escultura creada por el artista. Su enamoramiento llegaba a tal punto de pasión, que le tocaba, miraba y hablaba como si fuera una mujer real, de carne y hueso. Como buena historia, al estilo más hollywoodiense, una mañana al despertar Pigmalión, encuentra que la mujer de sus sueños ha cobrado vida, gracias a la intercesión de la diosa Afrodita, quien apiadada por la pureza del amor obsesivo del autor, dota de cuerpo y alma a su obra.

Muchos años más tarde, la ciencia de la Psicología acuñó el término “efecto Pigmalión” para explicar el poder de las expectativas en el desarrollo de la vida de una persona, es decir, el fenómeno de la “profecía autocumplida”. Más allá del deseo mágico de dotar de alma a seres inertes, se emplea y practica – con conciencia ética y constructiva, por favor- en entornos educativos, familiares, sociales y profesionales.

Un experimento clásico y revelador en este sentido, fue el realizado por Rosenthal y Jacobson (1968), mediante el cual estudiaron en el ámbito de la enseñanza, los factores de la motivación de los alumnos en el aula, demostrando empíricamente que las previsiones que los profesores se formulan sobre sus estudiantes terminan convirtiéndose en realidad. Es decir, si un maestro tiene una expectativa positiva sobre el comportamiento -aún latente- de su aprendiz, le transmite consciente e inconscientemente dicha probabilidad, de forma que le traspasa su capacidad, le proporciona mayores estímulos, más estima y más paciencia durante el proceso del aprendizaje.

Al sentirse tratado como un ser especial, nuestra pequeña gran persona, llena de potencial e inteligencia, responde de manera diferencial en comparación a otra situación hipotética similar, pero privada de estos alicientes. El aprecio y la consideración del tutor fortalece la autoconfianza del escolar, que comienza a participar más en clase, al sentirse querido, pierde el miedo a equivocarse, arriesga más, y con ello aumenta el ratio de respuestas acertadas; hasta que finalmente, pasados pocos meses, consigue mejores calificaciones, mientras continúa reforzando el esqueleto de su autoestima.

Estamos ante un fenómeno universal: la interacción basada en la atención personalizada termina trascendiendo siempre -aunque para algunos, antes que para otros- moviendo montañas con la fuerza de la motivación. Es un arma poderosa de doble filo, ya que puede encumbrar o rebajar la sensación de valía de toda persona.

Sin necesidad de terminar como el profesor Higgins y la señorita Doolittle en My Fair Lady, sí que está claro que una de las mejores apuestas a futuro, por el bien de todos, es regalar a los niños de corazón, la frase mágica “creo en ti”.

 

© Rocío Torres

Publicado en La Opinión de Málaga, Sábado 23 de Abril de 2016