LA VALÍA

Rocio arco triunf

Que levante la mano al que no le guste recibir unas palabras de aprecio y reconocimiento cuando realiza un gran esfuerzo, un acto de valentía que implique un gesto heroico de liberación de pensamientos autolimitantes maniatados por la costumbre y la comodidad, a modo de resurrección, superándose a sí mismo mediante el valor, el esfuerzo, la voluntad y la constancia.

Aunque algunos piensen que hay personas que no lo tienen, todos contamos con unas capacidades innatas, unos talentos naturales – al igual que contamos con unos defectos que domar o minimizar por nuestro bien y el de toda la humanidad- que disfrutar y desarrollar a modo de afición, oficio y/o beneficio.

Cuanto antes descubramos esas virtudes con las que llegamos a este mundo, mayor sentido tomará nuestra vida, o al menos mayor será nuestra autoestima y seguridad, al reconocernos válidos y competentes en algo en concreto que se nos da bien de forma natural, casi sin esfuerzo.

Más allá del ego, existe siempre un camino para convertir nuestra capacidad en hábito hasta llegar a la excelencia, y a lo largo de la ruta nos tendremos que enfrentar en algún momento con pecados capitales como la pereza o la soberbia, que nos balancearán -como cuando aprendemos a montar en bicicleta- para lograr el equilibrio entre el ímpetu y el descanso.

Igualmente, escondida entre las montañas de la mediocridad, nos intentará atacar -disfrazada de moralidad y normalidad- la envidia del que se ciega en querer tener nuestros mismos talentos, en vez de emplear su valioso tiempo en dedicarse a menesteres constructivos para la sociedad que le produzcan a la vez satisfacción y bienestar. Si consiguen abatirnos los dardos de los celos y el rencor, la paciencia perderá su quietud, dando paso a la frustración, el autosabotaje e incluso la ira en caso de que la energía se quede estanca, volviéndose contra nosotros mismos.

Y en estos tiempos en los que los derechos y la diversidad están más presentes que nunca, con o sin medalla al valor de por medio, nadie debe quitarle el mérito y la satisfacción a nuestro corazón por las cosas bien hechas.

 

Más información: La Opinión de Málaga