EL MAR, EL TIEMPO Y EL AMOR

Isla corazón

La evocación bucólica de los tres componentes más poderosos de la naturaleza del ser humano, aparecen cuando el alivio cortoplacista no responde: el mar, el tiempo y el amor, lo curan todo, alivian las penas, lo ponen todo en su sitio y hasta quitan la mancha de las moras.

Esta trilogía terapéutica sencilla, eficaz donde las haya, pero frecuentemente minusvalorada por la impaciencia, dan forma a los remedios caseros más potentes que existen para sanar tanto las heridas emocionales del alma, como para las de nuestra armadura de guerra. Nunca fallan, siempre han estado en boca de sabios, consejeros, guías espirituales – incluyéndose aquí el inigualable legado familiar de nuestros padres, abuelos y otros parientes con gran sentido común, empatía y visión- y se puede disfrutar en monodosis todas las veces que sea necesario. Es más, cuanto más presente se tenga su práctica, más efecto profiláctico ejerce sobre el dolor.

Aunque el poder mineromedicinal de todo medio acuático bondadoso, tipo spa – bautizado así por los romanos para recordarnos que la salud mejora gracias al agua, es decir, Salus Per Aquam- es indiscutible; el mar -la mar, para los marineros de corazón- que baña nuestras tierras es la más accesible y efectiva de todos los caldos posibles. El milagro instantáneo que supone sumergirse en sus nubes ionizantes de litio, en su alijo de yodo y el resto de minerales de la tabla periódica física y química, abre una autopista sanadora desde las vías respiratorias a los cinco sentidos, pasando por el sistema linfático hasta peinar al espíritu. Todos los elementos necesarios para que nuestro cuerpo exista, se unen y nutren al contactar con el mar, haciéndonos olvidar por un buen tiempo la cesta de las medicinas de casa.

De otra parte, el tiempo nos muestra su lado más amable cuando lo usamos a nuestro favor con constancia y paciencia, aunque la luz del túnel de nuestros problemas aún no haya llegado. Si en vez de nadar hasta la extenuación contra la corriente de las vicisitudes de la vida, buscamos un soporte y un remo, podremos hacer descenso de cañones – rafting- para nivelar los bravos altibajos y mantenernos a flote hasta llegar a una orilla más tranquila. De igual manera, ante la enfermedad y el sufrimiento, hay que confiar en el tiempo, siguiendo las indicaciones de las recetas y prescripciones, como el que aprende a leer los mapas o las corrientes, para llegar a buen puerto tras la travesía, para encontrar el oasis tras cruzar el desierto.

Y ese soporte que nos mantiene a flote en los vaivenes del tiempo, en la inmensidad del mar, es el amor, ese sentimiento – virtud para los filósofos- de aprecio, estima y conexión profunda del alma con nosotros mismos en primer lugar, y con los demás en segundo lugar. En función de la proximidad e intimidad generada con personas, materias y pensamientos; el amor abriga las magulladuras de nuestro ser, las cicatriza como un rayo láser, las sella con ternura y nos deja, como los tatuajes, el recuerdo de una lánguida marca de batalla, ya templada por el paso del tiempo.

Por estos y otros muchos méritos, el mar, el tiempo y el amor, bien merecen un homenaje, un monumento, en gratitud a su lealtad ineludible, por estar siempre ahí a nuestra disposición de manera discreta, tendiéndonos la mano cual organización sin ánimo de lucro de verdad.