LA PERSONA MÁS RICA DEL MUNDO

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El Producto Interior Bruto -PIB para los amigos- y otros indicadores como el índice de consumo per cápita, la cesta de la compra, la capacidad de endeudamiento y el volumen de transacciones mercantiles, miden el nivel de riqueza media del entorno macroeconómico donde vivimos. Por otro lado, las revistas especializadas en el mundo de los negocios y las finanzas nos deleitan periódicamente publicando la clasificación de las mayores fortunas del mundo, mientras nos preguntamos con envidia – “sana”, por supuesto- cómo se las habrán ingeniado para alcanzar el olimpo monetario.

Entretanto, organizaciones internacionales de corte social se preocupan por apaciguar los ánimos del resto de los mortales, con datos que demuestren que el dinero no se puede comer y que lo que importa es la Felicidad Interior Bruta – FIB para los compañeros del barco-, destacando la prosperidad de países humildes como Bután y Colombia, aunque empiecen a pisarle los talones – por sorprendente que parezca- viejas naciones del norte de Europa.

Tras esta breve contextualización, nos encontramos fortuitamente con la pregunta retórica y literal del millón: si fuese la persona más rica del planeta, ¿qué haría?

Es probable que antes de emitir juicio, una leve sonrisa ilusoria, irónica o una mezcla de ambas, se dibuje en nuestra cara; y posiblemente acudan a nuestra memoria anuncios sobre loterías y apuestas, momentos efímeros en los nos hemos visualizado como archimillonarios, y/o historias de alguien que conoce a otro alguien que ganó un premio “gordo”.

El almacén neuronal de nuestro cerebro puede activar en la misma zona temática de la prosperidad, otras vías alternativas a la consecución de este anhelado estado de “hiperbienestar”, contrastando modelos productivos de riqueza como el virtuosismo profesional, el acierto del olfato emprendedor, la buena gestión de legados o para los más canallas, el lado oscuro de la ley, el tráfico de influencias u otras sustancias.

Si pudiésemos comprar por completo los caprichos con los que fantaseamos, desde vestuario, joyas, obras de arte, rarezas, mansiones y un largo etcétera de tesoros idealizados, ¿le daría tiempo a nuestro ego para poder disfrutarlo todo? Por ejemplo, si adquirimos la mítica estampa de una finca con caballos porque queremos ser unos excelentes jinetes (con estilo y saber estar), necesitaríamos en torno a 10.000 horas de práctica y tesón para considerarnos unos verdaderos especialistas en la materia. Precisaríamos de coraje y un alto nivel de dedicación diaria, y si no lográsemos nuestro sueño – por torpeza o incapacidad- nos frustaríamos, lloraríamos y autodecepcionaríamos.

Entonces, ¿dónde reside la felicidad cuando el dinero ayuda, pero aún así, no es suficiente para satisfacer nuestros deseos?

Seguimos buscando y buscando respuesta, hasta que nos encontramos con las verdades del barquero, que viene a socorrernos con el sentido común:

“el amor del bueno, con el que soñamos, no se puede comprar, pero sí trabajar y cuidar; la valía de una persona se demuestra por sus hechos, no por su apariencia; la voluntad para dar pasos y tomar decisiones saludables se consigue con esfuerzo y desapego; los amigos, la familia y los hijos se mantienen cuando existe cariño, presencia, equilibrio y empatía”. Ahí está nuestro verdadero tesoro.

La sensación percibida de nuestra libertad de acción, es una cuestión de actitud y proactividad ante las 24 horas que nos brinda cada día el tiempo, otro de nuestros bienes más preciados.

Ánimo, que la fortuna está llamando a nuestra puerta, levantémonos para abrirle y recibirla.