A ti, vida

A ti, vida

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A ti vida, por inspirar cada día.
A ti muerte, por dar sentido a la vida.

Que todos nacemos y morimos cada día de alguna manera, es un concepto conocido y reflexionado por muchos de nosotros. Incluso así, es muy habitual olvidarnos de ello, a pesar de que resulte ser nuestra máxima realidad existencial.

La única certeza que tenemos -excluyendo nuestros intentos de predecir el futuro y de comprender el pasado- es el día de nuestro nacimiento y el hecho de que nunca haya sobrevivido un cuerpo físicamente, exceptuando la leyenda del inmortal conde Drácula.

La expiración del último aliento es o será un hecho común para todos, sin embargo, intentamos no prestarle atención y mucho menos sacarle el lado optimista. Pero sí que tiene algunos aspectos positivos, además de ser la estrella cada Semana Santa en los cánticos de los aclamados legionarios, por ser la novia fiel de su Cristo.

La muerte da sentido a la vida, como el banco que da hipotecas al cliente sediento de adquirir posesiones, experiencias y deseos. Es generosa, concediéndonos el bien más preciado por la humanidad: las dimensiones del espacio y el tiempo.

Le tememos, no queremos hablar de ella, y es inmensamente fácil odiarla cuando aparece en nuestro entorno, dejando sin crédito extra a las personas que admiramos y queremos.

Pero al igual que al finalizar una prestación bancaria nos sentimos liberados y preparados para asumir nuevos retos y/o nuevas deudas para seguir dando rienda a nuestros proyectos; los que confiamos en el misterio de la vida intuimos -como el Buda que sonríe yacente esperando la muerte- que al terminar este recorrido “de prestado”, hay algo al otro lado (desconocido aún) que es inmensamente mejor y atemporal, a pesar de que nunca llegamos a comprenderlo desde este lado de la barrera.

Cultivar esa apertura a la esperanza alivia y aporta significado a nuestro paso: con la toma de conciencia de cada amanecer y atardecer, la elección de nuestro despertar, nuestro modo de vivir nuestra realidad (presentes frente a ausentes), los honores con los que queramos despedir el día antes que de paso a la noche, practicando la benevolencia con nuestras pequeñas taras y debilidades, perdonando -mejor sin olvidar, para no volver a tropezar con la misma piedra- , celebrando cada logro personal por pequeño que sea y amando a corazón abierto lo que nos rodea.

La oda a nosotros mismos y a nuestra existencia está siempre en nuestras manos. Aunque resulte compleja, es simplemente una cuestión de actitud.